La mañana del adiós

Cada mañana, esperaba al autobús en la parada habitual. Hacía ya varios años que lo llevaba haciendo, desde que el trayecto de la línea “A” transcurriera por una calle próxima a su domicilio. Era pura rutina, una simple anotación con letra minúscula en la agenda: “a las 7:45 coger el autobús”. Previamente, después que el sonido del despertador hubiera roto con estrépito el silencio de su alcoba, se había acicalado como acostumbraba, despaciosamente, contemplando su rostro maltrecho y somnoliento en aquel viejo espejo del que un día se encaprichó y su abuela no tuvo más opción que la de regalárselo. En la cocina se confundía el olor a café con el de su perfume. Apenas le quedaba tiempo para anclar una escueta nota en la puerta del frigorífico, así que mientras terminaba de abotonarse la blusa a toda prisa, bebió el café de un sorbo y partió apresurada escaleras abajo.

Cubrió sus ojos con unas amplias gafas de sol pretendiendo ocultar las ojeras. Durante la noche, había llorado lo suficiente como para que entre el llanto y el insomnio su rostro apareciera demacrado, con cierta palidez que ni el maquillaje fue capaz de esconder. Calle abajo divisó a la vecina del tercero, a la que no pudo evitar.  Cruzó con ella un par de palabras, al igual que con el vendedor de periódicos a quien “despachó” con un simple hola y adiós después de haberle comprado el diario local. Eran las 7:47 cuando el autobús se detuvo en la parada. Saludó al conductor  —lo que era todo un ritual después de tantos años— y ocupó el lugar de siempre, junto a la puerta de salida. Cruzó las piernas, en un gesto que denotaba cierta coquetería, y abrió el periódico en busca de algún titular que le sedujera. Nada nuevo —se dijo—. Y alzó la vista para contemplar las calles de la ciudad a esa temprana hora de un lunes que se presentaba frío, con apenas unos pocos transeúntes con aspecto de funcionarios y de empleados de banca, encorbatados y trajeados ellos camino del trabajo.

Durante el trayecto, pensó en todo lo ocurrido el día anterior. Sintió cierto escalofrío al recordar sus deseos de suicidio, y a punto estuvo de arrancar a llorar de nuevo. Hizo un esfuerzo para contener las lágrimas y procuró olvidar aquella pesadilla. Ahora su vida había dado un giro radical. Sólo lo sentía por sus padres y amigos, pero la decisión que había tomado era irreversible y nada ni nadie impediría su partida. Eran las 9:30 horas cuando abandonaba la notaría. Allí había arreglado unos cuantos papeles y otorgado testamento. Se despidió del notario, que la había acompañado hasta la puerta, y se fue hacía la estación de ferrocarril.

Ni tan siquiera volvió la vista  cuando el tren se puso en marchaAtrás dejaba un pasado tortuoso que quería olvidar cuanto antes. No sabía lo que haría, ni donde se detendría en su huida, pero estaba segura de que un tiempo nuevo comenzaba para ella. Tomó aire, suspiró, se desprendió de las gafas, sacudió su melena y por primera vez en mucho tiempo esbozó una sonrisa.

Eran casi las 2 de la tarde cuando se despertó. La cabeza le estallaba. El alcohol ingerido la noche anterior había hecho estragos en su cuerpo y se sentía incapaz de incorporarse del lecho. A duras penas alcanzó la puerta de la cocina y  fue directo al frigorífico en busca del agua reparadora, que bebió en abundancia. Fue al cerrar el frigorífico cuando se encontró con la nota que ella le había dejado: una fotocopia de un boleto de Lotería Primitiva, en cuyo pie figuraba escrito un simple y escueto “Que te vaya bonito”.

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