¡Adiós, 2018, adiós!

En enero nos prometiste sueños y esperanzas que, como flores,  se fueron marchitando poco a poco. La vida es un jardín, un campo  en el que vamos sembrando ilusiones. ¿Es fecundo el terreno elegido para la siembra? ¿Lo regamos y abonamos lo suficiente para que crezcan y florezcan?  Puede que nuestra respuesta sea afirmativa pero, a pesar de ello, nunca estaremos exentos de que una tormenta arrase el sembrado.

Caminamos en medio de la vorágine en la que se ha convertido el mundo, esa densa niebla  que no deja ver la luz mientras vamos construyendo metáforas elocuentes sobre un futuro que se me antoja cada vez más imprevisible, esa incertidumbre de un presente que nos devora con absoluta voracidad y un pasado que se pierde en la lejanía. Nada ayuda a vencer la melancolía que pretende adueñarse de nuestra mente con su sonrisa irónica de vencedora. Queremos resistirnos a que nos invada, a que se aloje entre nosotros. A veces viene disfrazada, invitando al abandono, a escuchar músicas y devorar lecturas que uno guarda para sí en el habitáculo del alma. La sentimos cercana, casi la palpamos. Se cambia de vestido y aparece con el traje de la añoranza (“añorar el pasado es como correr tras el viento”, reza un proverbio). Entonces, cierro la puerta de mi cuarto, de ese otro habitáculo donde se mezclan el drama y la comedia, para seguir caminando hacia adelante, interpretando un monólogo en voz baja mientras las manos y los ojos buscan la estrofa de un poema de Julia Uceda. Al fin la encuentro: “Miro el árbol dormido en su aroma verde / y las nubes que pasan trasportando los sueños…” E inmediatamente otro: “Y yo danzaba / sin detenerme nunca: trozo / de papel en el viento. / Un papel donde alguien, distraído, / escribió algo y lo borró una lluvia”.

Abandonemos el reloj sin mirar el minutero, que implacable devora al tiempo. Del calendario penden ya las últimas hojas. Más tarde, alguien se encargará de llamarnos y devolvernos a la realidad. Indiferentes, reaccionaremos con un “ya voy”, y con paso firme o cansino acudiremos a la llamada, no sin antes vestir nuestro otro “yo”, carnavalesco y rutinario, novedoso o costumbrista. Es otra de las máscaras que guardamos en el camerino, máscara que forma parte de esa colección que nos sirve para actuar en el histriónico teatro del mundo, levantar la copa de cava y brindar quizá por alcanzar los mismos deseos por los que brindamos el año anterior,  el otro, y el otro…

Con las doce campanadas del día 31 –un año más que añadir a nuestras alforjas-, volveremos a brindar mirándonos en el espejo del tiempo, dispuestos a recordar, a olvidar, a soñar… Al reposar la cabeza en el hombro amigo, nuestras neuronas comenzarán a revolotear en busca de nuevas ilusiones y esperanzas que se atisban en el horizonte pero que no logramos alcanzar. Se resiste tanto el sol a iluminar la vida que no vemos más que nubes ocultando ese horizonte, hurtándonos un derecho del que nos sentimos acreedores, mostrándonos solamente en la fría bandeja del destino las múltiples tareas que tenemos que acometer… la dura realidad. Quizá, cuando se haga la noche en nuestros ojos y el silencio reine en el entorno, volvamos a sentir la mano que nos tienden, la yema de los dedos que nos acarician, los labios donde robamos un beso, la sonrisa dibujada en un rostro de hombre o de mujer, la figura frágil que encierra fortaleza, la mente enigmática que oculta historias nunca contadas, las vicisitudes del momento en el que nos ha tocado vivir…  Así hasta que el sueño nos venza.

Ya escucho la voz: “Está la cena”. Tardo en responder. Cierro el libro de poemas y a mi memoria acude esta frase de  Thomas Chalmers, que una amiga me envió para felicitarme el nuevo año: “La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”. ¡Feliz 2019!

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