Necios

«La diferencia que existe entre los hombres necios y los hombres de talento suele ser que los primeros dicen necedades y los segundos las cometen.» (Mariano José de Larra, escritor español). Búsquenle ustedes destinatario a esta cita de Fígaro, seguro que encontrarán suficientes dianas en las que clavar el dardo de la necedad, que tanto prolifera hoy en día. Pero no hay razón para alarmarse. Necios hubo, hay y habrá por los siglos de los siglos. Lo único que necesitamos para evitarlos es hallar la vacuna, el antídoto y curarnos de su influencia. ¿Y como encontrarlos? Bajo mi punto de vista hay dos caminos que conducen a ellos: la educación y la cultura.

El necio, la necia, es un especimen que pulula en la sociedad sin que apenas percibamos su presencia. Es tan frecuente la necedad, lo absurdo, la ignorancia, la sinrazón dentro de lo cotidiano —no hay más que asomarse a algunos medios de comunicación para percibirlo— que cuando queremos darnos cuenta ya han anidado entre nosotros. Es peligroso, por contagioso.

Entre decir y cometer necedades hay una gran diferencia. A las autores de las primeras les prestamos la atención precisa; con los segundos hay que tener más cuidado: su necedad es contagiosa. Un viejo refrán castellano reza así: «cuando un tonto [necio] coge una linde, la linde se acaba y el tonto sigue» Acotemos la linde y pongamos tapias al tonto. De lo contrario, El mañana efímero de Antonio Machado será más efímero aún:

«La España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta, / ha de tener su mármol y su día, / su infalible mañana y su poeta. / En vano ayer engendrará un mañana / vacío y por ventura pasajero. / Será un joven lechuzo y tarambana, / un sayón con hechuras de bolero, / a la moda de Francia realista / un poco al uso de París pagano / y al estilo de España especialista / en el vicio al alcance de la mano. / Esa España inferior que ora y bosteza, / vieja y tahúr, zaragatera y triste; / esa España inferior que ora y embiste, / cuando se digna usar la cabeza, / aún tendrá luengo parto de varones / amantes de sagradas tradiciones / y de sagradas formas y maneras; / florecerán las barbas apostólicas, / y otras calvas en otras calaveras / brillarán, venerables y católicas. / El vano ayer engendrará un mañana / vacío y ¡por ventura! pasajero, / la sombra de un lechuzo tarambana, / de un sayón con hechuras de bolero; / el vacuo ayer dará un mañana huero. / Como la náusea de un borracho ahíto / de vino malo, un rojo sol corona / de heces turbias las cumbres de granito;  / hay un mañana estomagante escrito / en la tarde pragmática y dulzona. / Mas otra España nace, la España del cincel y de la maza, / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza. / Una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea.»

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