Silencio

Anochece. A lo lejos se divisan las luces de un coche cuyo destello se intensifica progresivamente. Miro al reloj, al mío (el de la Casa Consistorial hace años que dejó de funcionar). Por la hora, deduzco que será el nieto de la señora octogenaria, que viene a ver si su abuela necesita algo. Su abuelo murió hace años. Cuentan por aquí que cuando la parca le echó el guante el hombre estaba sentado junto a la hornacha, con la boina calada hasta las cejas, el cigarrillo colgando de la comisura de los labios, la cachaba presta y Zaguán, su perro, tumbado a sus pies. Andaba bien de memoria. Contaba anécdotas. Era un manual de costumbres, un historiador verbal. Fumaba. Liaba los cigarrillos con mano temblorosa. Bebía en porrón. También tomaba orujo (una copita mañanera, después de haber dado cuenta del almuerzo). Almorzaba chorizo, que troceaba con una navajilla con las cachas tan ajadas como él. Era zurdo de ideas y diestro jugando al tute. Soñaba con la vuelta de la República. Fue pastor, de ovejas (le gustaba matizar este hecho porque, decía, el cura también se decía pastor). Hablaba, para quien quisiera escucharlo, de pedrisco, de heladas negras, de tórridos veranos, de inviernos eternos, de odios y rencores, de resentimientos, de envidias… Y hablaba de lo que pudo haber sido y no fue, con los ojos clavados en el horizonte, el ceño fruncido, los ojos llorosos, la voz entrecortada, el alma encogida… perdida la fe. Miraba al cielo y predecía el tiempo. Las nubes le susurraban al oído mientras se veía sentado en un mojón contemplando a las ovejas, recriminando a Zaguán, esperando la lluvia o a que cesara el cierzo. Se guiaba por el sol para saber la hora, por la inquietud de las ovejas al barruntar tormenta por si era necesario cobijarse bajo un chozo, por el ladrido de Zaguán al divisar una rapaz sobrevolando el rebaño. Y, sobre todo, hablaba de vejez, de decadencia, de la guerra y de la gestión de la victoria, de la que le había escuchado hablar al veterinario, porque ahora no oía (la sordera, otra muestra de decadencia), pero cuando pudo oír escuchaba para después contar lo escuchado, porque escribirlo no podía, no sabía «juntar las letras», no le enseñaron a hacerlo los gestores de la victoria.   

Es noche cerrada. Anclado en la pared, un farol evoca los tiempos de luz. Todo lo demás es sombra, oscuridad callada, siniestro… De la era cercana llega el ruido estridente de la cigarra, que se va apagando conforme abandono el pueblo. Un grillo también murmura en la oscuridad. A las afueras tengo el coche. Me esperan el progreso (¿?), la luz, la ciudad, el bullicio… En la retina y en la memoria me llevo la visión del ocaso y el triste prescribir de la remembranza. Miro al cielo. Casiopea está en el mismo lugar que estaba cuando era niño; también la Osa Mayor, la Osa Menor y el Carro Triunfante. La luna, en cuarto creciente, tiene las mismas manchas que tenía entonces. Tengo la sensación de que se ha detenido el tiempo. Me gustaría esperar la amanecida tumbado sobre una parva y sentir el frescor de madrugada, el despertar de la naturaleza, contemplando cómo se abren los pétalos de las margaritas al recibir la caricia de los primeros rayos de sol. Pero debo irme. Emigro. Uno más que añadir a la larga lista de exiliados.

 

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