Atonía

Quizá habría que recurrir a expertos en metafísica -más concretamente en ontología-, para que nos explicaran las peculiaridades que distinguen al ser de hoy en día. Digo esto porque en el rostro de los ciudadanos, y por ende en el de la ciudad, se nota cierto estado de indiferencia; como si todo lo que acontece de forma cotidiana fuera tan esperado y previsible como la agenda de algún funcionario. Soy de los que opinan que tiene que ocurrir algo muy gordo para despertar de la atonía.

Y es que, a veces, uno tiene la sensación que estamos sumergidos en un transitar por la vida carente de ilusión, anodino… Al menos eso es lo que se percibe al comprobar los índices de audiencia de determinados programas de televisión, escuchando las habituales e insustanciales conversaciones que se mantienen en la mayoría de las reuniones sociales y notando el escaso eco que tiene  la programación cultural  que se ofrece. Lo banal se ha apoderado del espacio y del tiempo, sumergiendo en el mayor desinterés cualquier cita con la cultura. 

Si hace frío, ese habitual lugar de encuentro que es la Calle Mayor de mi ciudad –escaparate del ir y venir- queda desierto apenas el sol se oculta, si es que lucía. El centro se sume en el letargo, en la soledad… Calles vacías conformando un paisaje desértico sucumben al caer la noche. Solamente en la periferia se respira cierta sensación de vida, cierto olor a urbe…

Han desaparecido las tertulias de café, los debates, las discusiones -incluso las no acaloradas- que arrojaban luz sobre asuntos de interés. Da la impresión de que existe un compromiso tácito en eludir la conversación, por ejemplo, sobre política o religión, alegando, como excusa pueril, que “es la única forma de no perder la relación con el amigo”.  El intercambio de opiniones ha pasado a mejor vida. El contraste de pareceres ha dejado de enriquecernos. Todo parece girar en torno a un individualismo exacerbado, a una política de avestruz, a un “a mi no me interesa”, al tratamiento trivial de los problemas que afectan a esta sociedad adormilada y sin pulso.

Si por mera curiosidad, o por saber de qué hablan las gentes, uno “pega la oreja” a las conversaciones que runrunean junto a la barra del bar, lo insustancial resuena en el oído de forma reiterada, haciendo presentir que abunda en demasía lo chabacano, que convertimos en delicado casi al instante. Al escuchar expresiones como  “¡Bastantes problemas tengo ya!”, uno tiene la sensación de que todo es una huida hacía adelante; el sólo esperar al despertar del día siguiente; el desafecto por lo que enriquece el espíritu, por la valoración de lo que advierten los sentidos al contacto con la naturaleza y las artes, por el compromiso (“Que lo hagan otros, luego ya lo criticaré yo”)… Parecemos personajes extraídos de “El viaje a ninguna parte”, de Fernando Fernán Gómez..

Impera la tendencia a pensar y obrar sin importarnos los demás, sustentada en esa corriente individualista que predomina: Toda una filosofía de vida alimentada desde no sé qué ocultas intenciones (las imagino), que hacen entrar en colisión los intereses individuales con los colectivos, primando la supremacía de aquellos sobre éstos.

Y los días trascurren con inusitada velocidad. Otra hoja más cae del calendario para perderse en el olvido.  La dinámica de lo ordinario nos envuelve. La rutina y el reloj gobiernan nuestra existencia y nos hacen súbditos de la monotonía. Quizá en el interior, cuando abrazados a la almohada enfrentemos a todos nuestros “yo”, podamos encontrar la razón que nos lleve a recobrar la ilusión, la sonrisa, el gesto amable, la alegría de vivir y soñar…

En palabras del psicólogo alemán Uwe Böschemeyer, “todo ser humano forma parte de la sociedad humana, y de la vida en sí. Por ello únicamente podrá aceptar su vida por completo quien, en la medida de lo posible, establezca relaciones con la vida que le rodea”. ¿Qué es lo que nos recluye?

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