Tiempo de historia

Una mañana de niebla, una charla de café, una sonrisa de otoño regalada por la camarera del bar, una vía de tren, un horizonte de hierros que se juntan pero no se juntan; una Estación de Ferrocarril que no sabe si pervivirá o fenecerá; una discusión entre automovilistas, desesperados por no encontrar dónde aparcar su vehículo ni aquí ni en la vecina Estación de Autobuses, tan carente como aquella de plazas de aparcamiento; una ciudad, en fin, que a pesar de sus circunstancias accede a través de Internet a la página web de RENFE y, ¡oh sorpresa!, comprueba cómo el trayecto Palencia-Madrid podrá hacerse en menos de dos horas, en una hora y cincuenta y un minutos, para ser exacto. Ver para creer, en esta tierra que parece añorar el habitual retraso de los trenes, el olor a carbonilla, el vagón de tercera, los asientos de madera, la cesta de mimbre y la tortilla de patata, frecuente compañera de viaje cuanto el Expreso no era expreso, ni el Rápido era rápido y el Talgo nos estaba prohibido a una gran mayoría.

Levanta la niebla conforme avanza la mañana, al tiempo que el vestíbulo de la Estación se va poblando de ancianos en busca de calor y de vaya usted a saber qué otra cosa en ese su deambular por la ciudad paseando soledades y reverdeciendo historias. Y una historia, precisamente, contaba uno de ellos ante la escucha atenta de un reducido auditorio al que me uní, con un ojo puesto en la pantalla que anuncia las llegadas y salidas de los trenes y el otro en aquel grupo de conversadores que, de momento, atendían al monólogo de un cuentahistorias circunstancial, que comenzó a desgranar palabras con una velocidad impropia de su edad. Así que, en apenas diez minutos en los que no fue interrumpido, aquel hombre acercó el recuerdo de las máquinas de vapor aparcadas en el depósito ubicado en la Estación de Venta de Baños,  “muy cerca de San Isidro”, tal y como afirmó con rotundidad. Según contó, “aquellas máquinas permanecían con la caldera encendida aunque estuvieran fuera de servicio, lo que llevaba consigo un gran consumo de carbón, cuyos restos de la combustión iban a parar a la escombrera”  “Tiempos difíciles aquellos de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo”, aseveraba circunspecto el cuentahistorias ante el asentimiento, con un movimiento de cabeza de abajo a arriba, de quienes atentamente le escuchábamos.

El rostro del cuentahistorias se tornó taciturno cuando pronunció la palabra “hambre”. Inclinó la cabeza en un gesto de resignación y continuó relatando: “Muchas personas encontraban en la recogida de la carbonilla y su posterior venta un medio de vida. ¡Son tantas las historias que en torno a esto se podrían contar!”. Hizo una pausa, presidida por el silencio y, recobrando el tono de voz del que hizo gala al principio de su charla, aunque no carente de cierto tono de tristeza, y prosiguió: “La mayoría de las personas que ‘recogían’ carbonilla eran mujeres. La distancia que tenían que recorrer para trasladarla era superior a los 5 Km. En cada viaje portaban 4 ó 5 sacos de unos 25 a 30 kilos, máxima cantidad que podían cargar, así que para transportarlos era necesario recorrer el camino 5 ó 6 veces, es decir: avanzaban unos 50 ó 60 metros un saco, volvían a por otro y así hasta agrupar todos sin haber perdido nunca de vista la carga. En el intento, más de una perdió la salud y encontró la cárcel”.

La megafonía anunció la llegada del tren que yo tenía que coger. Apenas tuve tiempo de despedirme de todos ellos. Un simple “gracias y adiós” fue todo lo que pude decir. A lo lejos, sin olor a carbornilla en el ambiente, se divisaba la luz de una máquina eléctrica. “Es el tren que viene de León”, les oí decir mientras me disponía a bajar las escaleras que conducen al paso subterráneo.

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