Verbos de nuestra vida

Nacer, crecer, amar, odiar, reír, llorar, disfrutar, padecer, soñar… vivir y morir, son verbos que de una u otra forma conjugamos a lo largo de nuestros días. Y así, entre verbo y verbo va transcurriendo la vida, disimulada tras de distintas máscaras, escondida entre nuestros múltiples  “yo”.

Posiblemente el verbo nacer sea el más singular de todos: ninguno de nosotros recuerda el momento de la venida al mundo. Son otras las acepciones que suelen distinguirlo: “Contigo nació mi amor”, por ejemplo,verso frecuente en el poema del quinceañero.

Lo de crecer es habitual. Crecemos físicamente; en ocasiones también nuestra fortuna crece; crecemos en conocimientos; crecemos en afectos y… llegado el momento, dejamos de crecer o incluso menguamos.

¡Ay el verbo amar! Con cuánta ligereza lo utilizamos y cuántos quebraderos de cabeza nos depara. Es un verbo de ida y vuelta. Peleándose con su antónimo odiar subsiste a los avatares de la vida. Quizá por ello es un verbo que no tiene término medio. “Te amo”, exclama el enamorado ante su amada con las estrellas y la luna por testigo. “Te odio”, le dice ella, o viceversa, ante el primer desencuentro. Donde alcanza su máxima expresión –que considero incuestionable- es en el amor materno.

El verbo odiar va cobrando fuerza con el devenir de los años. No es un sentimiento que  se adquiera al nacer, y suele ir de la mano de otro que prefiero no citar ahora y que sin duda ustedes imaginan. Hay momentos en los que su utilización es fruto del despecho y sus efectos suelen ser efímeros, o duraderos. Quien  sabe. Otras veces se conjuga con  motivo de un instante de arrebato, de pasión frustrada, de decepción y  desencanto. En ocasiones, como el amar,  se emplea con cierta frivolidad. Malo es que se instale en el corazón.

Reír y llorar son verbos necesarios pero caprichosos, dependientes del carácter de cada cual. Hay gente que no ha reído ni reirá nunca; otros se ríen hasta de su propia sombra; algunos esbozan una sonrisa de tarde en tarde; los más, ríen cuando es menester. Con el llorar ocurre algo parecido: los hay de llanto fácil; otros, duros como el pedernal, se tragan las lágrimas; una mayoría llora cuando hay que llorar, abatidos por el penar o emocionados con la alegría.

Disfrutar, padecer son verbos extraños. Hay hedonistas cuya única meta es el placer, y también  conspicuos amantes de la pena que, instalados en las sombras, pasean el negro color de la tristeza. Existen otros que afrontan la vida como llega, disfrutando de las pequeñas cosas y afrontando el padecer con entereza: suelen ser los más felices. 

Otros, que al principio no he citado, como hablar, callar,  holgar, trabajar y…  cuantos se les ocurran, son tan particulares que, para no desencadenar conflictos, los dejo al criterio de ustedes. 

Soñar es, para mí, un verbo imprescindible. El mundo de los sueños es el mayor exponente de libertad del individuo. “Soñar no cuesta dinero”, asevera el dicho. A nadie le está prohibido soñar; ni recrearse en los sueños; ni abrazar la fantasía aún olvidándose de la realidad, aunque esto último sea poco aconsejable. No hay malos sueños, a eso se le llama pesadillas. Y aunque los sueños suelen evaporarse con la amanecida, mientras duraron el soñador fue feliz.  

De vivir y morir, ¡que les voy a contar a ustedes!  Omití –de forma intencionada- el verbo envidiar.  Pero esa es otra historia.     

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