Espejos

Muchos de ustedes recordarán la Sala de los Espejos, aquella atracción de feria –no sé si aún existe-  que consistía en encontrar la  salida de un laberinto lleno de espejos, donde se reflejaban falsas puertas de salida que nos confundían. También recordarán aquellos cóncavos y convexos, en los que aparecía la imagen distorsionada de nuestro cuerpo y de nuestros gestos, imagen que provocaba risas y bromas al observarnos muy gordos o muy delgados, muy grandes o muy pequeños.

Habrán visto teatros y palacios con bellos y espléndidos espejos; en sus propia casa es posible que, al margen de los convencionales, tengan alguno como elemento decorativo. Y no existe bolso de mujer, por muy pequeño que sea, en cuyo interior no haya uno. Hay espejos en infinidad de lugares.

Una joven bien parecida, miró instintivamente al  que colgaba junto a la caja registradora de la tienda en la que esperaba turno para pagar lo que había comprado. Al ver reflejada la imagen de aquella mujer, y después de volver a admirar su belleza, me pregunté: ¿Se habrá parado a pensar alguna vez en lo que puede sugerir el contemplarse reflejada en un espejo? 

Tras el despertador, la radio y las zapatillas, quizá sea el primer objeto con  el que nos saludamos cada mañana para contemplar nuestro aún somnoliento rostro. Más de una exclamación —que no debo citar aquí— se nos ocurre al ver las ojeras delatoras del insomnio, y el cabello alborotado en la pelea que mantuvimos con la almohada por culpa del desvelo. El semblante es otro una vez tomada la reconfortante ducha. Entonces, el espejo nos sirve de ayuda para acicalarnos y dotar a nuestro aspecto de cierta estética. Imagino, especialmente, el particular gesto de mujer meciéndose los cabellos, embelleciendo sus mejillas, sus ojos y sus labios; o el gesto del hombre, tarareando una canción mientras la máquina de afeitar recorre presurosa su faz.

¿Nunca hablaron ustedes delante de un espejo? ¿Recuerdan lo que se dijeron al contemplar reflejada en él la imagen triste o alegre de su rostro? Y el del aseo en el consultorio del dentista, antes de sentarnos en el “sillón de tortura”, ¿qué delataba?. A usted, señora, ¿qué le dice el espejo del ascensor al salir de casa? Y usted, caballero, ¿imagina lo que podría contarnos el espejo oculto en el femenino probador de ropa?

¿Cuántas veces el espejo ha sido delator de su estado anímico?   El poeta y filósofo libanés, Gibran Khalil Gibran, en su libro El Loco, habla de “Los siete YO”: el de la tristeza, el de la alegría, el amoroso, el tempestuoso, el imaginativo, el trabajador y el  YO sin ocupación. Todos ellos deseando rebelarse, disconformes con su función en la vida de un hombre. Añadan, o quiten,  los distintos YO que perciban que pueden coexistir, o no, en su vida, y luego, ante el espejo,  observen y reflexionen si su rostro responde a lo que dice el refrán: “La cara es el espejo del alma”, de esa alma que encierra todos los YO.

¿Resultó serlo?  ¿Si? ¿No? ¿Alguno de sus YO quiso rebelarse?. Después de varias reflexiones —que no les desvelo— seis de los siete YO, del hombre de Gibran,  “se fueron a dormir arropados en una nueva y satisfecha sumisión”. Pero el séptimo, el YO sin ocupación, “permaneció despierto, mirando la nada que está detrás de todas las cosas”.

Es posible que usted, al ver su rostro reflejado, haya observado también cómo todos sus YO  percibieron que el espejo es la voz silenciosa que cada día nos recuerda  que el tiempo pasa, en ese corto laberinto que es la vida.   

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