Sociedad

Entre crisantemos y recuerdos

Ya desde niño me impactó la conmemoración del Día de los Difuntos. Recuerdo, no sin cierto reparo, el catafalco que se instalaba en el pasillo central de la iglesia de mi pueblo, con aquellos enormes hacheros —con su hacha de cera ardiendo— y los negros faldones que lo cubrían cayendo hasta el suelo, ocultando lo que  era un  armazón de madera que se guardaba durante el resto del año en la entrada que daba acceso al campanario. Sólo con motivo de algún funeral —de “tres curas—, abandonaba aquella estancia húmeda y oscura para ser revestido de riguroso negro por el sacristán. Pero, cierto es, que a los niños, aun sabedores de que no era más que simple madera,  nos impresionaba.

El permanente “tañido a difuntos” el dos de noviembre, con el repicar pausado, monótono y doliente de las campanas,  envolvía al pueblo en un halo de melancolía y tristeza mientras las gentes iban desfilando camino del cementerio, que permanecía abierto durante todo el día para honrar a los muertos. Era un ir y venir después de haber estado, días antes, “arreglando la sepultura” en la que más tarde lucirían ramos de flores y coronas, siempre en función de las posibilidades económicas de la familia del difunto. Alguna que otra lamparilla de aceite daba luz a lo que todo era penumbra, allí, junto a la cruz de hierro cuya sombra se proyectaba en la tumba y en cuyo cuerpo central solía rezar la inscripción con el nombre y la fecha de nacimiento y defunción del finado. Otra cosa eran los panteones familiares, con epitafio incluido, denotando que sus propietarios pertenecían a una clase social alejada de lo terrenal, si por terrenal entendemos las sepulturas cubiertas simplemente de tierra, que eran mayoría.

Olor  a hierbabuena, incienso y  crisantemos… y a claveles, flor tan española que sirve tanto para festejar como para entonar el adiós o aflorar el recuerdo del ser querido, del amigo o del conocido que nos dejó para siempre. Es la trayectoria permanente del ser humano, celebrando la vida y conmemorando la muerte. Quizá por eso siempre tuve claro la distinción entre celebrar y conmemorar, sobre todo en aquella España de los años 50 del pasado siglo, en la que poco había que celebrar. Era la España de Bienvenido Mister Marshall y Surcos, dos películas que son fiel retrato de una época, doliente también a causa de una posguerra interminable: la primera, mostrando al pueblo que esperaba la ayuda americana, celebrada al son de la copla y la guitarra; Surcos, evidenciando la cruda realidad de la España hambrienta y del éxodo hacia la gran ciudad en busca de mejor fortuna. Ambas películas deberían ser de proyección obligatoria en la escuela. Son documento fehaciente de nuestra historia.

Réquiem aeternam dona eis, Domine (Señor, dales el descanso eterno), decía el cura en el responso, o en la misa de réquiem. Músicos tales como Mozart, Verdi, Liszt y Brahms compusieron esa obra, el Réquiem, que, como dijo Schumann, “es algo que uno compone para sí mismo”. Y recuerdo también aquellos cánticos que se entonaban en ese día: El Miserere, el Dies irae… y la marcha fúnebre sonando en el viejo órgano del no menos viejo coro de la iglesia.

La otra cara de ese día la muestra el sentido mercantil que cobra la conmemoración. He podido comprobar cómo en los escaparates de las floristerías se anuncia: “Se admiten reservas para  Todos los Santos”. Según un diario nacional, “esta fecha supone el 20% de la facturación de flores”.  Hoy, también mañana y al otro y al otro, la historia volverá a repetirse. Ya no será lo mismo que en mis años de infancia, pero en la fría lápida de mármol y sobre la humilde tierra caerán de nuevo las lágrimas. Más de un sollozo romperá el silencio del Camposanto, y el negro color del luto transitará entre cipreses. También habrá sepulturas sin flores, y recuerdos que no reverdecen precisamente con motivo de ese día. Para algunos, cualquier otro momento del año es bueno para acercar a la memoria el recuerdo de quiénes en otro tiempo compartieron con nosotros alegrías y tristezas. Como dijo Ernest Hemingway, “lo único que nos separa de la muerte es el tiempo”.

 

 

 

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