Narrativa

Comprando felicidad

El cielo, que vestía de un gris melancólico en las últimas semanas, se va tornando azul. El sol irrumpe en el horizonte sorteando presagios de lluvia y el paisaje adquiere de pronto un tono vital, a pesar del frío que se deja sentir en los arrabales de la ciudad.

Los  árboles muestran su desnudez sin recato, aleteadas las yermas ramas por la gélida brisa que hiela el rostro. En el cercado de una vaquería próxima, rumian pacientemente las vacas a la espera del ordeño matutino.

Mi caminar es lento, pausado. Nada me apremia en esta mañana de otoño, así que me abandono a los placeres que otorga la madre naturaleza, disfrutando del olor a rocío que brota de las laderas del sendero, por el que transito bordeando el serpenteante río que, cantarín, discurre desbordado a causa de las recientes lluvias.

Jugueteo con las piedras del camino. De un árbol, que posiblemente tronchó el huracanado viento, desgajo una rama  cuyas hojas languidecen faltas de vida. Me pierdo entre trinos evocadores de primaveras, mientras observo a una pareja de cigüeñas que, ajenas a mi presencia, parecen estatuas nacidas entre el verde amarillento de los campos. Todo invita al sosiego,  al transitar poético, solitario… surcando la ribera del Carrión que discurre por mí  Palencia otoñal.

Mi perra olisquea haciendo alarde de sus “vientos”, refugiándose temerosa entre mis piernas al percibir la presencia de algún transeúnte.

—¡Hola, caballero!  —exclamó una voz conocida.

—Cómo estás  —respondí.

Charlamos de cosas intrascendentes, antes de proseguir cada uno su marcha, después de preguntarnos por nuestros cotidianos quehaceres.

—¡Se feliz!  —me deseó el conocido al partir.

De un tiempo a esta parte, percibiendo quizá que la vida es efímera y hay que vivirla intensamente, hay personas que sustituyen el adiós por el deseo de felicidad . “Se feliz”,  acostumbran a decir al despedirse, como si la felicidad fuera algo que pudiera comprarse en la tienda de la esquina:

—Por  favor,  señora, póngame usted cuarto y mitad de felicidad.

—No tenemos, señor. Está carísima. Cuesta más que un kilo de angulas y, como usted comprenderá, aquí, en un barrio obrero, no tiene salida  —respondió la tendera.

-Pero… ¿ni siquiera  puede usted venderme cien gramos?  —insistí.

—¡Qué más quisiera yo! —exclamó sorprendida la tendera—. Si lo desea, puedo venderle un sucedáneo. Claro está, no es felicidad, pero la gente se conforma. Tiene un sabor parecido, aunque hay que consumirlo rápidamente, caduca enseguida.

—Bien… póngame cien gramos  —le dije.

Abandoné la tienda presto a degustar el “sucedáneo de felicidad” antes de que caducara. Así que, ávido, me dispuse a consumirlo.

Cesaron los trinos. El sol había dado cuenta del rocío del sendero. El río parecía callado, tranquilo su discurrir formando regatos, escondiéndose entre juncales mientras buscaba la espesura del soto cercano.

No sé por qué vino a mi memoria este  viejo proverbio: “En todas las tierras el sol sale al amanecer”.

Me froté los ojos, me alisé el cabello y calé la gorra hasta las cejas mientras me iba perdiendo entre soles y brisas. Los cien gramos del  “sucedáneo de felicidad” habían surtido efecto, aunque tan sólo fuera el de la efímera sonrisa que esbocé a la vera del rió, en el silencio del campo. A lo lejos,  la torre de la catedral, “La bella desconocida”, mayestática se erguía, también silenciosa.

Categorías:Narrativa, Relatos

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