Microrrelatos

Días tontos

¿No se han levantado nunca de la cama presintiendo que iban ha tener un “día tonto”? Recuerdo el que tuve recientemente. Les cuento: Me senté delante de la computadora con la cabeza llena de ideas. Previamente había reflexionado sobre todo lo que quería contar y transmitir.  Momentos antes, de mi mente fluían las frases como si de un torrente de agua se tratase. En ella había hilvanado un texto construido con mesura, donde la prosa poética  daba ritmo a lo acontecido el día anterior. Al menos así lo percibía yo. En resumen: pensaba que al lector podría gustarle mi relato. Más tarde, con el procesador de textos ante los ojos, voy y me atasco. Las manos quieren, pero la cabeza no puede. ¿Les ha ocurrido algo parecido alguna vez, cuando han puesto todo su empeño en hacer algo y nada resulta como esperaban?

Esa fue la sensación que experimenté en el momento en que releía unas notas con las que construir lo que pretendía contarles: mis avatares del fin de semana, perdido con un grupo de amigos por los campos palentinos, donde se dejaba oír el acompasado cantar de la naturaleza. Lo escrito me resultó tan poco convincente como carente de encanto, así que decidí enviar al cesto de los papeles el folio que lo contenía. Ahora, tras unas horas en las que  hubiera preferido estar sentado junto a la lumbre, con un par de libros y una botella de vino, aún tengo esa sensación. Leería unas cuantas páginas, tomaría un trago y me abandonaría, dejando a mi mente vagar contemplando el paisaje que la naturaleza me ofreciera, allí junto a la choza perdida en el campo; o junto a la orilla del río, resguardado bajo el árbol cuyas hojas lloraban gotas de otoño.

Te sientes perezoso en un día en el que tienes que cumplir con los compromisos adquiridos que no puedes posponer. El entorno tampoco ayuda. Para más inri, el coche –por llamarlo de alguna manera-, falla. Un  exabrupto surge repentino. Te desahogas, te calmas… La mañana arranca mal. Llegado el mediodía te ves con los amigos. Intentas parecer el de siempre, comunicativo y locuaz. Pretendes pasar un rato agradable, pero quia. Te manchas la camisa con el aceite de la anchoa que el camarero del bar te ha servido con la amabilidad y profesionalidad que acostumbra. Cruzas los dedos y haces de tripas corazón, resignado ante el infortunio. Y, además, hoy no está en el bar la encantadora y simpática camarera que embellece el otro lado de la barra.

Ante esta situación, llego a casa y me refugio en El arte de la paciencia, un libro que leí hace mucho tiempo y al que de vez en cuando recurro. Abro el libro por la página 95 y leo: Desalojar de la mente los estados perniciosos y pensamientos nocivos’ ‘Evitar que vuelvan a entrar y permanecer… Suscitar estados mentales laudables y pensamientos positivos. Desplegarlos tanto como sea posible y desarrollarlos en alto grado.  ¡Eureka!, ya está. Pues no. Me vuelvo a abandonar, esta vez de forma consciente, y me apetece imaginar un paseo de la mano de los sueños, en un mundo donde, por ejemplo, sólo existieran la montaña y el mar, la música y la literatura… y la paz, mucha paz.

Ahora, cuando la noche está a punto de poner fin a un día digno de ser olvidado, me quedo con ese momento en el que, aún de forma deslavazada, pretendía transmitirles mis sensaciones en los campos palentinos. Espero que la confidente almohada haya leído también El arte de la paciencia, sea comprensiva conmigo y me cante una nana capaz de sumirme en un profundo sueño, tan profundo que haga que con el despertar vuelva la inspiración y la normalidad a lo cotidiano.  Quizá entonces pueda describirles el policromado color de esos campos en una tarde de otoño, mientras el melancólico octubre nos envolvía a mis amigos y a mí. Confiemos en que los “días tontos” sean los menos, aunque… de todo tiene que haber en nuestro discurrir. Lo importante, pienso, es afrontarlos con optimismo y superarlos. Seremos más felices, o menos infelices, como prefieran.

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