Narrativa

Known as Lady Day

 Como si fueran restos de un naufragio, unos cuantos LP’S —todos de ella—, reposan en la alfombra, junto a la botella de güisqui sin güisqui. El tocadiscos guarda silencio, pero ellos siguen bailando bajo la empobrecida luz de una lámpara rodeada de tela de araña y cadavéricas moscas.

Arranca la hoja del calendario y observa que ha llegado el día (una anotación al pie, de su puño y letra, se lo recuerda). Se acicala —no olvida echarle brillantina al pelo— y, de punta en blanco, hecho un dandi, parte a cumplir con la promesa. Lleva puesto su mejor traje —a rayas—, una corbata negra anudada al cuello de una camisa blanca, impoluta, recién planchada, estrenada para la ocasión; zapatos negros, con la puntera en blanco, inmaculados, oliendo a betún recién aplicado. Es el ritual que repite año tras año (ha perdido la cuenta de cuántos), dispuesto a presentarse ante ella. En el dedo corazón de la mano izquierda, luce un anillo de oro en el que empleó todos sus ahorros, grabado con las iniciales del nombre y apellido (Eleonora Fagan) de la mujer que se fue para siempre tal día como hoy de 1959, dejándolo sólo, a merced del destino, desnortado, sin rumbo, en brazos del alcohol y de la noche.

Cada 17 de julio, acude al neoyorquino cementerio de Saint Raymond’s, localiza la sepultura, se santigua, hinca la rodilla en tierra, deposita un ramo de flores sobre la tumba y, entre lágrimas, exclama: «¡Aquí me tienes!» Le roba una orquídea al ramo, la besa y la coloca en la solapa izquierda de la chaqueta. Se pregunta si existirá alguien que haya regresado de la otra vida y pueda darle noticias de ella. ¿Se puede regresar de la otra vida, resucitar y abandonar la residencia de los muertos? Se encoje de hombros. No es creyente, no abraza fe alguna, pero está seguro de que, de haber cielo, ella estará en él ocupando un lugar preeminente. ¿Continuará cantando bellas melodías? ¿Sus ojos rezumarán la misma tristeza? ¿Seguirá amándole?

Desbroza la sepultura y el entorno. Del bolso derecho de la chaqueta extrae una lamparilla, que enciende y coloca con delicadeza junto a las flores, como si tuviera miedo de perturbar su descanso, temiendo que una ráfaga de viento la apague y termine de apagarlo a él. A lo lejos, donde sus ojos apenas alcanzan, observa a un grupo de palomas blancas montando guardia junto a la capilla.

Como si fuera la primera vez, como si esa costumbre suya, esa necesidad de acudir en cada aniversario a llevarla flores y llorar sobre su tumba, reza una oración y vuelve a santiguarse. A continuación, desenfunda el saxo y, sin dejar de llorar, da vida a Fine and mellow. Así permanece, tocando y llorando, hasta que, con la boca seca y agotado el caudal de lágrimas, retorna el saxo a su funda y clava la mirada en «Known as Lady Day», fragmento que forma parte de la leyenda que, esculpida en piedra, recuerda el nacimiento y muerte de su amada. Lo lee una y otra vez, lo masculla, lo grita para que todo el mundo sepa que allí yace la reina, la gran dama del jazz, «su Billie».

 Así permanece largo tiempo, inmóvil, como petrificado. Se decide a levantar los ojos al cielo pretendiendo traspasar las nubes con la mirada, y la imagina cantando, rodeada de un coro de ángeles, músicos que también pasaron a mejor vida; de otras divas que, como ella, desparramaron su voz de madrugada entonando lamentos de amores. Y escucha acordes de jazz, y llorar a un piano, y roncar a un trombón de varas, y el lamento de un contrabajo, y a un saxo tenor acompañando a un improvisado cuarteto que allá arriba formaban la Fitzgerald, Nina Simone, Etta James y Billie, «su Billie».

—¡Cuánta divinidad junta! —exclama—. Cierra los ojos y escucha a las cuatro divas del jazz interpretar Summertime. Envuelto en los acordes de la melodía, da rienda suelta a los sueños…

  A duras penas, coloca el disco sobre el giradiscos. Tras unos segundos, en los que la aguja sisea al deslizarse sobre los primeros surcos, suena The man i love, la canción que le tiene atrapado y canturrea con voz aguardentosa, al tiempo que se recuesta en el sillón y cierra los ojos para dejarse seducir por la voz de Lady Day. La botella de Jack Daniel’s, de cuerpo presente sobre una alfombra sucia y deshilachada, es un monumento al vacío, como el paquete de Lucky Strait que yace arrugado junto al cenicero: una colección de colillas emitiendo un olor pestilente que inunda la estancia, en la que está atrincherado tras los recuerdos de inolvidables veladas, de dulces amaneceres junto a ella, con el cuerpo desnudo, henchido de placer y de dicha.

Duerme la borrachera recostado en el vetusto sillón, por cuyo ajironado respaldo asoman un par de muelles clavándosele en la espalda, como flechas lanzadas por un Cupido imaginario que no deja de apuntarle al corazón. La aguja del viejo tocadiscos sisea de nuevo tras reproducir la última canción del LP. Es, como él, triste epílogo a una noche de alcohol y jazz —una más— en la que no cesó de mascullar torpemente palabras apenas inteligibles, fragmentos de una vieja melodía (The very thought of you) que Lady Day le dedicó en un club de jazz de Swing Street, la noche que se enamoraron. Invadido de una profunda tristeza, aproxima uno de esos fragmentos y lo tararea entre lágrimas. La canción, eco de una ausencia, sucumbe bajo los efectos del Jack Daniel’s —del que lleva consumidas varias añadas—, perdiéndose entre los recuerdos y el humo del último cigarrillo que sujetan sus amarillentos dedos.

            Suena con insistencia el timbre de la puerta. A duras penas, se despereza y acude a mirar por la mirilla. Al otro lado, una mujer de color, en traje de noche blanco, labios pronunciados y orquídeas en el pelo, espera. Medio aturdido, somnoliento, le franquea la entrada y pronuncia un lacónico «¿Tú?» apenas audible. La mujer traspasa el umbral, cierra la puerta y le lanza un «¡hola, mi amor!» al tiempo que se desprende de la estola que luce sobre el hombro izquierdo. La observa ensimismado, temeroso, incrédulo… Dubitativo, trastabilla camino del tocadiscos, en el que, con mano temblorosa, coloca Gloomy Sunday en el plato.

—¡Aquí estás de nuevo! —exclama con media lengua, señalando al tocadiscos—. Y la voz de ella le acerca la noche de pasión desatada, vivida sobre un viejo y mugriento camastro en la lúgubre habitación de una pensión de Harlem.

 —¿Mi hombre ya no me ama? —le susurra ella esbozando media sonrisa seductora, al tiempo que él abre los brazos invitándola a bailar, como aquella noche en el Bill’s Place, horas antes de la locura de amor.

—¡Te amo, te amo locamente, Billie! —exclama a voz en grito—. Y bailaron, y los labios de ella volvieron a buscar los labios de él, que la atrae hacía sí hasta casi estrujarla, sintiendo el calor de su pecho y el roce delicado de sus labios sobre la mejilla. Se estremece y rompe a llorar. Balbucea unas palabras apenas audibles:

—No me dejes. Te lo ruego.

Y ella sonríe, mostrándole el blanco de los dientes, la carnosidad de los labios, la mirada del deseo.

—¡Billie, Billie, Billie…! —grita él, al tiempo que ella le enjuga las lágrimas con los labios—. Entonces… él se da cuenta de que baila con una sombra, que no hay susurros, ni calor, ni labios secando sus lágrimas. Era ella, sí, la que evocó el tocadiscos, esa voz que le atrapa, le enciende, le deslumbra, le causa sufrimiento… la misma voz que le cautivó en el Bill’s Place una noche de luna llena.

             Como si fueran restos de un naufragio, unos cuantos LP’S —todos de ella, reposan en la alfombra, junto a la botella de güisqui sin güisqui. El tocadiscos guarda silencio, pero ellos siguen bailando bajo la empobrecida luz de una lampara rodeada de tela de araña y cadavéricas moscas. Y del baile al abrazo y del abrazo al beso y del beso… Del beso, eterno y lascivo, al lamento a través de la melodía inconclusa que, por mor de un arrebato, de un impulso irrefrenable, dejó de sonar en el tocadiscos, yacente ahora en el suelo, desvencijado, muerto.

De nuevo se deja caer en el sillón a rumiar el desencanto, viendo cómo se evaporan los sueños, que todo ha sido una quimera, que no hubo noche de pasión en Harlem, ni tuvo a Billie entre sus brazos, ni tocadiscos que reprodujera la voz de ella, ni discos dispersos sobre el suelo de su tugurio… que jamás pisó el Bill’s Place, secuela de una invención suya, un deseo, una ilusión mal soñada, un garito en el que ahogar en güisqui su amor imposible…

Cae la tarde en Saint Raymond’s. La lamparilla, a punto de fenecer, intenta sobrevivir sobre la tumba de Billie. Las flores, sucumben derrotadas por los rayos de sol. Todo se vuelve oscuro, de una negritud desesperante. Huele a réquiem, a soledad y a tristeza. A duras penas, vuelve a desenfundar el saxo, al que acaricia y consuela, y en el que torpemente coloca la boquilla. «Known as Lady Day, Known as Lady Day…», repite incansable una y otra vez sin apartar sus enrojecidos ojos de la lápida.

Con más voluntad que acierto, desparrama una y otra vez acordes de My man don’t love me. Del bolso interior de la chaqueta, extrae un papel cuidadosamente doblado y se dispone a desdoblarlo. En él figura escrito el título de muchas de las canciones que ella cantó para él. Improvisa un concierto, un homenaje —otro más— y, sin partitura, de memoria, improvisando, mezclando dolor y lágrimas, toca y toca, con el alma, hasta que le arden los labios.

   Agotado el recorrido por las desgarradas canciones de Lady Day, rendido él y silente el saxo, un silencio sólo comparable con el que reina en el cementerio, se abandona y se recuesta sobre la lápida, a la que se abraza poseído de una extraña melancolía que envuelve el ya desierto camposanto. Echa un último vistazo a la leyenda, a la sepultura y a las flores, se incorpora como puede y, doliente, abatido, enfila con parsimonia el camino que conduce a la salida del cementerio, sin volver la vista atrás. Levanta la mano izquierda para simular un adiós, un «hasta el próximo año, Lady Day».     

 

Categorías:Narrativa, Relatos

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