Aquel espíritu

No, no es la nostalgia lo que me mueve a rememorar aquellos tiempos, aunque he de reconocer que sí cierta añoranza del espíritu de la década que en lo musical pasó a conocerse como prodigiosa y en lo político aunó voluntades para emprender el camino hacia la libertad y la democracia. Tampoco es la edad, ni el recuerdo del ímpetu juvenil lo que me acerca la imagen de los acontecimientos vividos entonces. Mi reflexión va mucho más allá de lo anecdótico, los Beatles, el pelo largo, los pantalones campana… La mirada retrospectiva que quiero hacer, pretende servir de recordatorio, refrescar la memoria de una generación que, activa y pasivamente, vivió y contempló el devenir de un pueblo hacía lo que más tarde fue el otorgamiento de una Constitución que hoy es el marco de convivencia por el que nos regimos.

Apelar a aquel espíritu, recordar su existencia y su porqué, lo hace posible hoy el ambiente que rodea al discurrir cotidiano en este espacio geográfico, social y político que es España. Y no difiere mucho el retrato de la España actual —al menos de una parte— de aquel en blanco y negro del nacionalcatolicismo ondeando lo que Dionisio Ridruejo llamó «banderas victoriosas». Le falta otra realidad, el espíritu, que forjaron universitarios y obreros, jóvenes y mayores que, juntos, se entregaron en campus y fábricas, calles y plazas al noble y aventurado ejercicio de la conquista de la libertad. Ocurrió entre los 60 y mediados los 70, escuchando la BBC, disfrutando de lecturas prohibidas y distribuyendo convocatorias clandestinas reproducidas a multicopista. Antes, a muchos nos obligaron a renunciar a nuestros símbolos y a encubrir nuestros ideales; más tarde, con esa ley de punto final que fue la Transición, a continuar sumidos en la amnesia con tal de preservar la paz y alcanzar la democracia. Así fue —y así sigue siendo—, cuando asumimos caminar juntos portando la misma bandera bajo los acordes del mismo himno, bandera e himno que vuelven a ser patrimonio de unos cuantos. Quizá por eso haya que cuestionarse si en vez de asumir habría que haber aceptado, simplemente, las renuncias y conservado intacto el espíritu para un «por si acaso». Pero claro, ¿quién iba a pensar, pasados tantos años, que quienes conservando todos sus privilegios —no tuvieron que renunciar a nada ni encubrir nada—, iban a desenterrar de nuevo el hacha del rencor? Habrá que volver a recitar a los poetas del 27.

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