Microrrelatos

La detective

        Envuelta en una gabardina gris, con las manos caladas en los bolsillos y tocada con sombrero tipo borsalino, que inclinado sobre el lado izquierdo de la cabeza  le daba cierto parecido con la Piaf, deambulaba por la ciudad paseando su frágil figura, en claro contraste con la fortaleza que exhibía cuando tenía que actuar. Hacía frío. A lo lejos, parpadeaban las luces de neón del lóbrego garito en el que entraría a tomar un güisqui y a echarle un ojo al ambiente sórdido de prostitutas, chulos, drogadictos y borrachos ahogando penas con la complicidad de la noche.

        Al entrar en el local, un olor nauseabundo asaltó su pituitaria. «¿Lo de siempre?», le preguntó el camarero. Asintió con la cabeza. En vaso bajo —como le gustaba—,  tres cubitos enfriaban el güisqui. A un extremo de la barra, apoyada junto a la pared, cubriéndose la espalda, con ángulo de visión suficiente para observar todo lo que pudiera ocurrir en el local, se dispuso a dar buena cuenta del Jack Daniel’s. Con el dedo índice de la mano izquierda —necesitaba libre la derecha— dio vueltas al hielo hasta lograr que la mezcla de güisqui y agua lo cubriera. Echó un trago mirando de reojo a uno y otro lado de la barra. En el extremo opuesto, dos prostitutas discutían acaloradamente, llegando casi al forcejeo con quien parecía ser su chulo, que rápidamente se apoderó del bolso de una de ellas. Al fondo del local, en torno a un velador un hombre y una puta se hacían arrumacos. ¿Estarían  negociando el precio de un par de horas de placer? El camarero reprochó al chulo su actitud. Una navaja automática, de cachas plateadas y hoja puntiaguda brilló en la temblorosa mano del chulo. La mujer del borsalino desenfundó una nueve milímetros más intimidatoria que la navaja. Sonó un disparo. Marcó un número en su teléfono móvil y alzando la voz dijo: «Soy la inspectora Pastor, envíen una patrulla y una ambulancia al Cisne Negro

Con el chulo camino del hospital, y sus putas a buen recaudo, la inspectora enfundó, humeante aún, la Parabellun. Tras apurar el güisqui, abandonó el garito y se fue a seguir devorando la noche. La pareja del velador, ajena a todo, seguía negociando.

Categorías:Microrrelatos, Narrativa

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