Narrativa

El juego

Me encantaban las transparencias. Ella lo sabía —conocía casi todos mis gustos—, así que decidió ponerse la blusa estampada, suelta, ligera, vaporosa… un aldabonazo para mis sentidos, un regalo para mis ojos.  Tomábamos una copa en el Billy Jazz Club, en nuestro reservado preferido. La voz de Diana Kroll nos envolvía. Mirándonos fijamente, jugábamos con los dedos de las manos, dando de vez en cuando un pequeño sorbo al Cardhu, sonriendo, tornando el gesto a serio, con esa seriedad precursora de que algo va a ocurrir. Y ocurrió. Lo que yo tanto había imaginado, soñado, deseado, ansiado hasta la obsesión estaba a punto de producirse. Ella, se acercó, tanto, que nuestras bocas casi se rozaban. «No te muevas, cierra los ojos, déjame hacer», me dijo. Y comenzó el juego. Primero me besó en la frente, con dulzura, para continuar con los ojos, la nariz, las mejillas, las orejas, el cuello… Yo pensaba que ya había llegado el momento, que por fin iba a descubrir el sabor de su boca, el frescor de sus labios, la humedad de su lengua… No, no fue así. «No vale, has abierto los ojos, te has movido. Acabará el juego si no te controlas», me dijo, con un tono de voz tan dulce que no me creí la amenaza, pero obedecí. Reiniciamos el juego, inmóvil yo; controlando la situación, ella. «¿Cuál sería ahora el ritual?», pensaba yo. De pronto, sentí un escalofrío, como si una descarga eléctrica hubiera sacudido todo mi cuerpo. Su lengua había recorrido mi cuello en apenas dos segundos. Hice verdaderos esfuerzos para controlarme. Quería verla, contemplarla, tocarla, ser yo quien manejara el juego… «Mejor esperar a ver cómo termina», me dije. Y la dejé hacer. De pronto, sentí cómo sus labios se posaban en los míos, con delicadeza, sin estridencias, suavemente… como su lengua, que juguetona y dulce buscaba la mía. El beso, apasionado y eterno desató en mí el deseo de abrazarla, estrujarla, acariciarla… Me contuve. Me había pedido que no me moviera y no me moví. «Puedes abrir los ojos, y moverte», me dijo. Recostada en el sofá la vi más atractiva que nunca, con un brillo especial en el rostro y en la mirada. Silencio, roto sólo por la melodiosa voz de Diana Krool interpretando The Look Of Love mientras, cogidos de las manos, nos mirábamos, sonreíamos, brindábamos con los restos del Cardhu chocando los vasos. «¿Otra copa?», sugerí. «Sí, me apetece muchísimo», respondió ella, casi alborozada. Sonaban los últimos compases de The Look Of Love.

          «Me gusta tu blusa», le dije entre excitado y perturbado al contemplar la rojez de su rostro. «Me la he puesto para ti, sé que te gusta su transparencia, imaginar la suavidad de mi piel, sentir el irresistible deseo de desabrochar mi sujetador, deslizar tus manos por mis senos, recorrer mi espalda…» Ahora, el sorprendido, el sonrojado era yo, más excitado y perturbado que nunca tras escuchar sus palabras, ¿una invitación? ¿Una provocación? ¿Una forma de esperar mi reacción comprobando hasta dónde podría llegar mi atrevimiento? Inmóvil, sin atreverme a tomar la iniciativa, paralizado por los efectos de sus palabras, esperé. De nuevo el silencio, las miradas cómplices, la sonrisa… «Quiero que me desabotones la blusa, despacio, ceremoniosamente, rozando mi piel con tus dedos, pero sólo rozándola, hasta que yo diga basta», me susurró sin dejarme contemplar su rostro.  Y mis dedos, paralizados hasta entonces, escalaron por su blusa hasta hacer cima en el botón superior, que desabotoné con delicadeza, como hice con el siguiente, hasta llegar al que ocultaba la vista del comienzo de sus senos, cubiertos por un sujetador negro que la transparencia de su blusa ya me había permitido observar. «Basta», dijo. Posé mi mano sobre su piel como el pianista posa los dedos sobre las teclas del piano al iniciar un adagio. Me abrazó, posó su cabeza en mi hombro y exclamó: «¡Me rindo, canalla!»

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