Felicidad

No descubro nada nuevo si digo que el mexicano Antonio Ortuño es uno de los mejores escritores actuales en español. Leí hace tiempo —y releo ahora— La Señora Rojo (Páginas de Espuma),  un pequeño —poco más de 100 páginas— pero magnífico libro de relatos impactantes, dividido en dos capítulos (La Carne y El Mundo) cuya calidad literaria pone de relieve el dominio que de nuestro idioma —y de la narrativa— tiene Ortuño. Uno de los relatos, Felicidad, que da título a este comentario, es sencillamente extraordinario. Aquí dejo un pequeño fragmento:

Desayuné con mi madre en la cafetería del hospital antes de relevar a mi hermano. Parecía irritada. No puso atención a lo que narré mientras tomaba el pan con café —anécdotas sin interés sobre enfermeras y médicos—. “Ahora es irreversible y debería decirles todo”, dijo, repentina, cuando apuraba el cigarro final. “Lo de tu padre entonces. Y lo mío entonces. Sobre todo lo mío”.

Presentí confesiones. Pero ya había desperdiciado mis vacaciones encerrado allí y no deseaba convertirme ahora en recipiente de su culpa. “Habla con Pablo. Le diré que baje. Estoy retrasado y querrá desayunar”, pretexté antes de meterme al elevador y evadirme de los blancos dedos de mi madre, que me llamaban.

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