Feliz Navidad, ¡soy blanco!

Hace unos años, en el Atlántico; ayer, en el Mediterráneo; hoy… salen de Alepo de viaje a ninguna parte.

Había partido de Tambaoucunda rumbo a Djifer, donde, si todo iba bien, podría esperarle un cayuco en el que huir de la pobreza, el hambre, la miseria y el sida. Muchos kilómetros le separaban de Mali, su país de origen, que abandonó tras lograr reunir un buen puñado de dólares que hubo de entregar al encargado de organizar la expedición  que con un poco de suerte le llevaría a alcanzar las costas de la soñada Europa, esa Europa que le acercaba la televisión, tan diferente al Continente africano del que se había cansado de formar parte.

En la ciudad senegalesa se unió a otros desheredados que como él habían abandonado su país de origen, dejando atrás la realidad de un Continente que a gritos clama justicia y que sólo recibe la incomprensión y el olvido de Occidente. Nada tengo que perder, se dijo al ver al nutrido grupo de futuros compañeros de viaje que formaban piña en torno a un destartalado autobús. Se unió a ellos para compartir esperanza e incertidumbre, con la mirada puesta en la señal de carretera que indicaba la distancia kilométrica entre Tambaoucunda y Kaolack, ciudad de paso camino de Djifer. Una treintena de jóvenes, procedentes de Gambia, Guinea Bissau y el propio Senegal, ocuparon plaza junto a él en aquel trasto sin cristales que se disponía a partir amparándose en la complicidad de la noche y en el negro color de la piel de sus ocupantes.

La ilusión habla un único idioma, así que pronto confraternizó con el compañero de asiento, antes de que el autobús efectuara la primera parada para que otro grupo de sin papeles se uniera a ellos con la esperanza puesta en el cayuco que les aguardaba para intentar surcar el Atlántico. Compartieron las viandas y el agua que les proporcionó el responsable de aquel viaje de resultado imprevisible; y el calor de sus cuerpos cuando la noche, como el autobús, avanzaba lentamente y el frío se dejaba sentir.

Muchas fueron las horas que emplearon en llegar a Djifer tras múltiples paradas durante el trayecto para recoger a más y más grupos, tantos que al autobús cada vez le costaba más reanudar la marcha. De madrugada, hacinados y malolientes alcanzaron una especie de playa donde, en torno a una hoguera y con las estrellas como techo, se calentaban  los que él pensó serían copartícipes de la aventura que iba a emprender. Una voz les alerto de la llegada de una especie de cascarón de nuez a modo de barco que presurosos se dispusieron a abordar. Pudieron lograrlo los más fuertes y los más osados. Una gran mayoría tuvo que quedarse en la playa tras haber sido derrotados en duro forcejeo. Otros, víctimas de la desesperación, intentaban alcanzar a nado aquella especie de juguete al que maltrataban las olas. Varios morirían en el intento.

Se despertó sobresaltado, empapado en sudor, con fuerte taquicardia… De un brinco saltó de la cama y sin calzarse las zapatillas corrió como un poseso hacía el cuarto de baño. Con mano temblorosa localizo el interruptor de la luz y, al contemplarse en el espejo, fuera de si gritó: ¡Soy blanco! ¡Soy blanco! Todo había sido un mal sueño. Respiró profundamente, tomó una reconfortante ducha y se acicaló como de costumbre. Anudó con mimo la corbata en torno a su cuello mientras tomaba un humeante y reconfortante café y, como cada mañana, partió camino del garaje a coger su automóvil para dirigirse al trabajo.

Ya en el coche, sintonizó la emisora de radio habitual. Los contertulios debatían sobre la oportunidad o no de acercar nuestras tropas al Líbano. De pronto, el conductor del programa interrumpió la tertulia para dar paso a la emisora de Tenerife. La voz del locutor anunció que un cayuco, que había partido de Djifer con un centenar se subsaharianos a bordo, había naufragado cuando pretendía alcanzar la costa canaria. ¡Pobre gente!, exclamó tras oír la noticia. Él era blanco

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