Con los ojos cerrados

Paseaba por la arteria principal de mi ciudad, disfrutando del tibio sol mañanero, cuando vino a mi memoria el siguiente fragmento de Llueve, de mi admirado Carlos Bribián: «Procuraba siempre tomar asiento junto a una ventanilla e iba contemplando el paisaje como si esperase de él una sorpresa diaria en cualquier momento del trayecto; se conocía éste tan bien, que con los ojos cerrados podría haber dicho al vecino de asiento que se lo preguntase, en qué parada se detenía ahora el artilugio mecánico  aquel pintado de azul o cuántos pisos tenía el siguiente edificio que ahora se divisaría e incluso qué calle iban a cruzar en el siguiente instante».  Al llegar a la altura del parque, giré a la izquierda y enfilé la avenida que conduce a otro parque, recoleto, coqueto, romántico… Crucé el umbral, me empapé de otoño, de soledad y belleza y cerré los ojos. Y a ti, lector, con los ojos cerrados podría contarte, como si fueras el vecino de asiento en Lluvia, cuántos bancos, cuántos árboles y cuántos rincones hay en este parque conocido como Huerta Guadián; cuántas tardes de otoño, cuántas primaveras y cuántas declaraciones de amor pudieron surgir en un atardecer cualquiera, bajo una puesta de sol primaveral o al declinar la tarde de otoño con el susurro de las hojas al ser mecidas por el viento.

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