Claroscuro

Hoy, el cielo de la ciudad en la que habito tiene color panza de burro, presagio de lluvia. El sol, a duras penas se abre paso entre las nubes. En la calle, semidesierta a esta hora de la mañana, ladra un perro a una paloma, que presurosa alza el vuelo al ver las intenciones del can. «Ven aquí, Zeus», grita el dueño del perro. Y Zeus, obediente, da media vuelta y corre al lado de su amo.

Correr al lado de algo o de alguien, buscar con insistencia un lugar o un refugio, perseguir un deseo inalcanzable, soñar, seguir soñando hasta despertar del sueño. Encontrar la mano amiga, el abrazo eterno, el susurro de una voz aterciopelada al caer la tarde, mientras el viento sisea y la noche llama con aldabonazos de nostalgia. Llueve. Las luces de neón, del tugurio con olor a güisqui y sabor a jazz que frecuenta, parpadean a lo lejos, pero vienen, se acercan, le llaman, le reclaman, le atraen… Y se encuentran, y él entra en el tugurio, y camina hacia la barra, y pide un Jack Daniel’s, y la rubia del fondo le guiña, al tiempo que el pianista se arranca con un blues. Toma asiento. La rubia se le acerca, pero él rehusa su compañía: sólo quiere sentir el calor del Jack Daniel’s y que avance la noche mientras mengua la botella de güisqui.

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