Sensaciones

Domingo de otoño, recién estrenado octubre. Ayer, estuve  disfrutando de la madre naturaleza en el pueblo que me vio nacer (La Vega saldañesa es un paradigma en el que Vivaldi bien podría haberse inspirado para componer sus Cuatro Estaciones). Paz, mucha paz; y arroyuelos, y alisos, olmos, álamos, chopos, zarzas, juncales… Y al fondo, donde la sierra nace, robledales, encinares y pinares. Hacía años, muchos años, que no recorría los parajes que recorrí en mi infancia, ajado alguno, como yo y el amigo que me acompañaba (ambos vamos agradeciendo el sol en la espalda); otros, lozanos, verde resistencia, batallando contra el ocre otoñal y el amarillear de las hojas, poblados de abundante y variopinta fauna que me traía recuerdos gestados en la edad de la inocencia, cuando calzado con alpargatas de esparto, tirachinas en el cinto, y un bote de liga en la mano para atrapar pájaros identificaba a éstos por su trino.

De vuelta a la villa, con el run run de la tarde un gin-tonic reparador en amigable y sosegada charla, mientras en Madrid al Partido Socialista Obrero Español se le rompían las costuras. Hablamos de tantas cosas mi amigo y yo que hasta hubo un hueco para la literatura y nuestros escritores favoritos. Y surgió la figura de don Mario (así llamábamos, llamamos y llamaremos al gran Benedetti), con su poesía y su prosa. Fue entonces, entre el ir y venir de poemas y escritos, transeuntes de distinta edad, sexo y condición, cuando aproximamos La Tregua antes de concedernos una tregua, apurar el gin-tonic, comprobar la hora y acudir ambos a una cita que teníamos pactada. Siete campanadas desgranó el reloj del Ayuntamiento, siete avisos premonitorios del adiós inmediatamente antes de que abandonáramos la terraza del bar y mi pueblo. La añoranza es una puñetera.

La Tregua (Mario Benedetti), fragmento

Domingo 17 de marzo

Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o las diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso que haré cuando toda mi vida sea domingo. Quien sabe, a lo mejor me acostumbro a despertarme a las diez. Fui a almorzar al Centro, porque los muchachos se fueron por el fin de semana, cada uno por su lado. Comí solo. Ni siquiera me sentí con fuerzas para entablar con el mozo el facilongo y ritual intercambio de opiniones sobre el calor y los turistas. Dos mesas más allá, había otro solitario. Tenía el ceño fruncido, partía los pancitos a puñetazos. Dos o tres veces lo miré, y en una oportunidad me crucé con sus ojos. Me pareció que allí había odio. ¿Qué habría para el en mis ojos? Debe ser una regla general que los solitarios no simpaticemos. ¿O será que, sencillamente, somos antipáticos?

Volví a casa, dormí la siesta y me levante pesado, de mal humor. Tomé unos mates y me fastidió que estuviera amargo. Entonces me vestí y me fui otra vez al Centro. Esta vez me metí en un café; conseguí una mesa junto a la ventana. En un lapso de una hora y cuarto, pasaron exactamente treinta y cinco mujeres de interés. Para entretenerme hice una estadística sobre qué me gustaba más en cada una de ellas. Lo apunté en la servilleta de papel. Este es el resultado. De dos, me gusto la cara; de cuatro, el pelo; de seis, el busto; de ocho, las piernas; de quince, el trasero. Amplia victoria de los traseros.

 

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