Relatos veraniegos (y IV)

Cuando al llegar a casa descubrí tu regalo, cuidadoso lo desenvolví y contemplé.  Lo he colgado en esa pared que un día bautizamos con el nombre de “pared de los afectos”.  Tu acuarela me devolvió los recuerdos. Cierro los ojos y veo aquel camino desde el que coloreamos juntos el cielo… y la punta de aquella nube que rozamos con los dedos. La rama verde de romero se ha convertido en el frondoso bosque de los sueños donde vuelvo a perderme junto a ti.

El río no sólo se sale de la hoja… también de la pared. No es lágrima de mariposa, es catarata de emociones vertidas junto al musgo y los brotes de hierba tierna cuando, entrelazadas las manos, escuchábamos su cantar y el brincar de los peces saludando nuestra presencia.

Contemplando la aldea que sestea, recuerdo el cuarto de los niños repleto de ilusiones por ti fabricadas. Y aquel beso del adiós en frentes inocentes, que cada noche  fue eterna promesa, antes de poner punto y  final al cuento maternal precursor de sueños y despertares que tú les contabas.

Aquel cuarto, testigo de pasiones contenidas que se desataron en una tarde otoño, invade mi memoria… Y la  barquichuela, anclada junto al puente,  donde los juncos ocres se confunden con la puesta de sol,  como en aquel crepúsculo con el que partimos sin rumbo decidido, en busca de la isla construida con el guijarro que te regaló el monte. Navegamos por el  mar nacido de la gota de agua azul que se escapó del vaso, sin volver la vista hacia la popa del pasado, remando y remando, en un afán desesperado poniendo rumbo a la proa ilusionante del futuro.

Abrí la nevera y no había cubitos descongelados, ni palabras de adiós… apenas un imperceptible eco recuerda aquel momento. No, no hubo fríos inviernos, se calentaron con el rescoldo de tu recuerdo y los fui superando. Así, el cuadro mantiene vivos los colores, el verde del romero y el azul del mar… y el ocre de los juncos de la barquichuela.

La música de colores, que pusiste a mis indiferencias, se ha convertido en tango abrazado, en bolero romántico, en melodía que vuelvo a susurrar junto a tu cuello provocador, donde deposité tantos besos antes de decirte al oído un “te quiero”  que nunca comprendiste.

Y, ahora, tus pinceladas no reflejan acuarelas en tonos de olvido. Tu paisaje de verano y azul te acerca tanto que presiento que, en cualquier momento, sonará el timbre de mi puerta y tras la mirilla volveré a contemplar tu rostro… pintora de nostalgias.

Por cierto, la barquichuela de juncos ocres sigue anclada junto al puerto, esperándote… siempre esperándote.

4 comentarios sobre “Relatos veraniegos (y IV)

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