Narrativa

Relatos veraniegos (I)

Me ha costado, he de reconocerlo, pero al final creo haber salido airoso del trance. Esta mañana, tras mi paseo matutino, tomé la decisión: «Tienes que eliminar las direcciones de todos sus blogs que tienes guardadas en Favoritos», me dije. Dicho y hecho. Y así, en un domingo cualquiera, que se distingue únicamente por su color veraniego, he roto las cadenas que me ataban a una adicción que comenzaba a resultar perniciosa.

La descubrí en la Red una tarde del pasado otoño, una de esas tardes anodinas en las que no apetece hacer nada y te entregas en brazos de Google en busca de algo novedoso, algo que aporte aleluya a los salmos del ocio que, melancólicos, parecen rezos de fraile de convento de clausura a la espera de encerrarse en la celda. Grabé en mi mente un boceto de su figura, su sonrisa y sus cabellos a merced del viento, y partí en busca de cualquier cosa que hiciera referencia a ella. Recé por encontrarla transgresora, tan transgresora como me la había imaginado en noches de insomnio, en aquellas noches siguientes al momento de conocerla, después de embriagarme con su perfume y su mirada, de escuchar su adiós y verla partir dejando tras de sí la estela del capricho que los dioses le habían regalado a mis ojos.

Por fin la hallé, tal cual es y escondida tras de algún que otro seudónimo. Ansioso por llegar a su interior, me empapé de sus escritos, disfruté de la belleza de sus fotografías —casi siempre de flores— y me topé con su retrato, que he de confesar escudriñé de arriba abajo. Una pena que la fotografía no fuera de mejor calidad para poder disfrutar de su belleza, pero me conformé con contemplar la media sonrisa que en la imagen esbozaba y luego, a mi antojo, imaginé distintas poses, otras miradas, otras sonrisas, cómplices incluso, que me invitaban a participar de aquel diseño de mujer. El acceso a sus blogs se convirtió en obligación cotidiana, pretendiendo encontrar cada mañana respuesta a los muchos comentarios que yo iba dejando a sus textos. El silencio era la única respuesta con la que me encontraba, el silencio y el desencanto que me producían sus escritos. Conocedor de sus aficiones y de alguno de sus gustos, esperaba encontrarme con algún poema, algo que dejara traslucir su “yo”, que me acercara esa sensibilidad que había percibido en ella pero que en sus blogs no afloraba. Nada. Un día dejó de escribir en el blog en el que habitualmente lo hacía. Llegué a pensar que quizá era yo el motivo de su huida, que mis comentarios no le gustaban…  Fue otra tarde cuando descubrí cómo se había refugiado en uno en el que todo eran loas a sus opiniones. Allí parecía encontrase cómoda, entre gentes con las que  sintonizaba ideológicamente y nunca la contradecían. Y así comencé a bajarla del pedestal en el que la había aupado, así fue como mi musa se evaporó como se evapora un sueño con el despertar… y así he roto las cadenas con la cizalla de la decepción.

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