Sociedad

Inquilinos del corazón (I)

Se lo decía Gena Rowlands a Sean Connery: «Tu has sido el único inquilino de mi corazón». Hacían balance a cuarenta años de matrimonio en una agria discusión sobre infidelidades pasadas, discusión que a punto estaba de romper con aquel. Esplendor y decadencia del amor, de la mano de dos extraordinarios actores que dan vida en la ficción a los personajes de Hanna y Paul, bajo la dirección de Willard Carrol y la música de una espléndida banda sonora de John Barry. Pero no pretendo hacer aquí una sinopsis de la película Jugando con el corazón, aunque permítanme que se la recomiende. Mi intención, más bien, es adentrarme en el significado de las palabras de la Rowlands, en la reflexión a la que me llevó, reflexión a la que les invito a ustedes: «alquilar el corazón». Esta expresión me indujo a pensar en si es posible alquilarlo, si, de ser así, tiene un único inquilino o, por el contrario, somos portadores de múltiples afectos instalados en nuestras aurículas y ventrículos; y, esos afectos, ¿cómo son? ¿Resultan incontrolables?

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