¿La quimera de los sueños?

Soñé que un Rey Mago contaba cómo había ocupado parte de su tiempo intentando lograr un mundo mejor pero, vencido por la desesperanza, se limitó a desear algo menos ambicioso: Concentró todos sus esfuerzos –atendiendo varias peticiones anónimas- en imaginar una Palencia menos conformista y conservadora, más decidida y moderna, menos decimonónica y con la proa puesta hacia el nuevo siglo. Una Palencia con las ventanas abiertas de par en par para que el costumbrismo y la modernidad se dieran la mano y los nuevos aires ventearan lo rancio y trasnochado.

Hubo momentos –comentó- en los que le pudo el pesimismo: fue cuando aparecieron las frías estadísticas que machaconamente, año tras año, demuestran cómo el número de habitantes de nuestra provincia desciende de forma alarmante; estadísticas que reflejan el envejecimiento de la población a pasos agigantados, e indican la permanente huida de los jóvenes que, sin visos de futuro entre nosotros, emigran en busca de prosperidad.

Mi mente -prosiguió el Rey Mago-, se parecía al abarrotado camarote de los hermanos Marx: “Pasen, pasen, al fondo hay sitio todavía”, que decía Groucho. En su pequeño habitáculo, se iban amontonando las ideas que le habían sugerido aquellas peticiones anónimas; todas cargadas de buenas intenciones, pero confundidas –como en el famoso camarote- en un universo surrealista plagado de intereses contrapuestos.

Imaginó el de Oriente un norte palentino abierto al turismo, con accesos e infraestructuras suficientes unidas a la montaña y al maravilloso románico, que sirvieran de rampa de despegue a una comarca que sucumbe entre olores a galleta y a carbón. Y, puesto a imaginar, vio circular el tren de alta velocidad saliendo de la soterrada y céntrica estación de Palencia con dirección a Aguilar de Campoo, camino de Santander… Y finalizada la autovía que nos acerca al Cantábrico, y la que nos aproxima a Benavente, que lleva hasta Galicia.

Una industria pujante, aprovechando los recursos de nuestra tierra: de la Vega y la Valdavia, del Cerrato y Tierra de Campos… había florecido. Y contempló la presencia que teníamos en el eje Valladolid-Burgos, que no llegó a engullirnos y del que éramos parte activa e importante.

Ante sus ojos –conservando su idiosincrasia-, apareció una Palencia transformada en la provincia cuya Universidad se había multiplicado; una provincia en la que la juventud pudo encontrar un lugar donde desarrollar todo su potencial y orientar su futuro. Un nuevo Hospital capaz de absorber todas las necesidades sanitarias -buque insignia de la sanidad provincial-, se erguía al otro lado del rió, en la capital. También se habían construido viviendas accesibles, sin hipotecas a treinta años… y colegios con las aulas repletas de niños y adolescentes.

Partió el Rey Mago con las ilusiones a cuestas, llevando en el saco portador de deseos aquellas peticiones anónimas que le hicieron imaginar la Palencia del siglo XXI: una ciudad moderna y prometedora, desde el Barrio del Cristo al Campus Universitario, desde Allende el Río hasta Pan y Guindas.

En la noche de Reyes, animado por el Mago, le hice una propuesta a mi mente: “deja que la imaginación vuele, para que lo que surja de los sueños parezca posible y real”. Al amanecer, con la llegada del despertar, mi propuesta acabó siendo una quimera. La dura realidad, una vez más, se abrió paso tanto en mis ojos, como en la propia vida de una provincia y una ciudad que espera paciente y callada. Siempre callada.

(Publicado en enro de 2005, pero podría haber visto la luz en 2006, 2007, 2008… y 2016)

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