¿Palencia es un sueño?

(Escrito en septiembre de 2005, vigente hoy desgraciadamente)

Hay ciudades que son una realidad y otras un sueño Hay ciudades que se abren de par en par al progreso y otras que permanecen ancladas en su pasado, histórico, eso sí, pero carente de perspectiva de futuro. Hay ciudades que viven de su historia y la exprimen al máximo con tal de sentirse vivas y fomentar su desarrollo aprovechando las sinergias que aquella les ofrece. Y hay otras, en fin, que viven silentes; ciudades en las que, como dijo Donoso Cortés, “hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos”. ¿Entre cuales se encuentra Palencia? Se ubique donde se ubique es necesaria la unión de todos para decidir nuestro futuro. De ella, debería surgir una ciudad con amplitud de miras, capaz de afrontar los retos que tiene ante sí para no acabar languideciendo en la falda del cerro del Otero.

El pasado día dieciséis se presentaba el sello conmemorativo del ciento veinticinco aniversario de la fundación de este diario. Casi ciento veinticinco años de andadura recogidos en las hemerotecas, historia viva del acontecer palentino desde que el 16 de mayo de 1881 viera la luz el primer número. Un recorrido por esas hemerotecas nos permitiría reconocernos en las páginas de Diario Palentino; conocer y comprobar también lo que a lo largo de todo este tiempo hemos sido y lo que en la actualidad somos; lo que esta ciudad fue cuando el siglo XIX entonaba el adiós, y su evolución –más bien decadencia- desde entonces hasta nuestros días. En ellas puede verse lo que fue la pujante ciudad industrial -harinera y lanera-, antes de que la crisis de 1882, la pérdida de las Colonias y la falta de modernización de las fábricas anunciaran el inicio del declive. Más tarde, ya mediado el siglo XX, la liberación del mercado nacional dio al traste definitivamente, a pesar de las fusiones, con la industria textil. Hoy en día, más del 75% de la producción industrial está en manos de Fasa Reanult.

No quisiera yo que percibieran en mí recorrido por la hemeroteca una visión melancólica de nuestra reciente historia, ni al observador pesimista del transcurrir de un tiempo en el que Palencia ha pasado de ser alguien en el contexto de Castilla y León y por lo tanto de España, a ocupar un lugar en el espacio reservado a las ciudades que están y no están, que son pero no son. Como si la “P” de Palencia fuera sinónimo de pérdida, de pesimismo y no de progreso y pujanza. No quisiera yo trasmitirles esa sensación, pero estarán conmigo en que ese sol que se esconde cada tarde tras el Monte “El Viejo” no nos trae precisamente ilusión con el amanecer del nuevo día. Y es que, ante lo evidente, cuesta mucho soñar con un futuro prometedor. Bien es cierto que últimamente esos proyectos pendientes, de los que tantas veces he escrito en estas páginas, parece que han sido desempolvados, rescatados del letargo y presentados de nuevo ante la sociedad como logros inminentes. Parece también que nuestros políticos “se han puesto las pilas” y, como si se tratara del efecto primavera, reverdecen sus deseos de lograr una Palencia mejor, pero… tengo mis dudas. Mientras dure el desencuentro, mientras no vea plasmado en el BOE y en el BOCYL lo que hasta hoy es sólo una declaración de intenciones, no recuperaré el optimismo.

Decía Jardiel Poncela que “en la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen, la gran mayoría se roncan”. No le faltaba razón al escritor y autor teatral, y estoy seguro de que si hubiera contemplado la Palencia de nuestros días, habría llegado a la conclusión de que la ciudad vaccea que acampa a orillas del Carrión es un sueño roncado, un sueño por cumplir, una ilusión óptica vista a través del catalejo del tiempo; remembranza de un pasado que descansa entre ruinas, piedras milenarias y obras de arte como las que en la actualidad se exponen en el claustro de nuestra Catedral.

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