Sociedad

Desencanto

A veces, en algún lugar, a la vuelta de cualquier esquina, al atardecer, cuando el sol declina y silencioso se esconde, surge lo inesperado: Suena una guitarra, cuerdas rasgadas por mano temblorosa intentan poner música a una voz ronca y casi imperceptible. Canta un hombre entrado en años una vieja canción de Gilbert Becaud. Je reviens te chercher (Vuelvo a buscarte) me trae recuerdos de mi juventud, aproxima el final de otros inviernos, reverdece épocas de rebeldía, de afán contestatario, de búsqueda de una verdad rota hoy por los desengaños.

Sigue el hombre desgranando la canción del cantautor francés, que yo agradezco depositando unos centavos de euro en un sombrero que yace en el suelo víctima quizá de mi mismo desengaño. ¡Merci, monsieur!, oigo a mis espaldas al tiempo que me alejo. Y de nuevo la ronca voz rompe a cantar: Je savais que tu m’attendais (Sabía que me esperabas). Y entonces recuerdo que esta misma frase la pronuncié cuando creí encontrar la verdad, mi verdad, aquella verdad que en los años sesenta del pasado siglo me parecía tan inalcanzable como me sigue pareciendo ahora, cinco décadas después. Quizá no era la verdad lo que buscaba, quizá era pura utopía superada hoy por la realidad del día a día. No hay más que echar un vistazo a los periódicos.

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